Legado Vitalicio



Hoy, nuestro próximo rey de España cumple años. Será rey por ley (constitucional), por derecho de nacimiento (herencia), y por atajo, ya que en verdadera justicia paritaria la jefatura del Estado debería de corresponderle a su hermana mayor.

Rey de una gran parte de España que suspira con sueños republicanos, pero que al mismo tiempo teme que la sublimación de ese anhelo multiplique la desvergüenza cotidiana y la irresponsabilidad cainita de las que hacen gala nuestros políticos (y periodistas) actuales, y conduzca a nuestro país a abismos ya vividos. Por ello, ante la duda, se prefiere al jefe del Estado que llevó adelante la Transición y trajo la Democracia.

Razones no les faltan, ya que si en algo se distingue España es en cambiar siempre aquello que funciona bien, y, comparado con los siglos precedentes de nuestra Historia, la verdad es que en los últimos treinta años a este bifronte país no le ha ido tan mal. De hecho, en libertad, prosperidad y conquistas sociales estamos en el mejor período de toda nuestra existencia.

Pero aun así, no termino de sentirme totalmente cómodo en ese conformismo, porque me genera desajustes éticos, disonancias cognitivas si se prefiere, que en una democracia se presuponen poco saludables. Porque podríamos empezar afirmando que para preservar la convivencia pacífica y la reconciliación ideológica lo mejor es un rey. Podríamos pasar al escalón de que por el bien común lo mejor es conservar los notables privilegios eclesiásticos en una nación presuntamente laica. De ahí a apaciguar nacionalistas manteniendo inamovible, ad eternum, la ansiada reforma de la ley electoral que impide que ciertos partidos nacionales como Izquierda Unida saquen mas escaños que los nacionalistas (algunos pocos de estos, de reprimidas inquietudes eugenésicas), a pesar de cargar los primeros con muchos más votos que los segundos. De ahí a mantener políticamente “equilibrado” el Consejo General del Poder Judicial, teóricamente independiente de partidos políticos (que no se lo cree nadie). Y así, siempre en función de la preservación del espíritu de reconciliación -de la Transición-, perpetuar un montón de inconsistencias éticas que en el fondo no dejan de ser más que manifestaciones del “síndrome de democracia joven” que hace mucho tiempo que ya dejaron atrás países europeos y anglosajones (salvo el conservador Reino Unido), con democracias más adultas y asentadas que la nuestra. Y por supuesto, para finalizar no olvidemos la incongruencia más gorda: la quimera de que “todos los ciudadanos son iguales ante la ley”.

Incongruencia digo. No olvidemos que los españoles, nos guste ó no, no solo somos “ciudadanos”, sino también “súbditos” de la Corona. Adjetivo denigrante del que se libran otras naciones como Francia, Alemania o Estados Unidos en donde la jefatura del Estado no está monopolizada por una aristocracia familiar de carácter hereditario, sino en que la máxima figura institucional de su nación está sujeta a la voluntad del Pueblo, y a las leyes, y no a un oscuro designio divino de ontología medieval. Ni, en concreto, de una mitificada Transición rebosante de hagiografías que transfiguró un Estado no solo con el diálogo y la tolerancia, sino también bajo la sombra del miedo a una agonizante Dictadura; que aun consiguió insuflar a la Democracia presuntamente laica de estructuras propias como la influencia Católica en el poder. Ni son Estados de Derecho que olvidan traicioneramente a los muertos de sus cunetas. Ni tienen un monarca encumbrado como dador de la libertad; también heredero directo y vitalicio del Dictador, y que venía imbricado en el mismo paquete de la Democracia: si te preguntan que o lo tomas o lo dejas, la respuesta parece obvia, y así fue en 1978.

Una República no asegura mejor estabilidad y paz, como bien sabemos en España (aquí todo el mundo tiene muertos escondidos en el armario, derecha e izquierda por igual; no se libra ni Dios), pero sí nos libra de esa disonancia cognitiva que mencionaba antes y pone a todos los ciudadanos al mismo nivel auditor de la Ley. En Francia, Perú ó Argentina los ex-presidentes de la República se enfrentan a cargos; aquí imaginar algo equivalente resultaría sencillamente descabellado.

Valiente confianza tienen en la Democracia y el Pueblo Español del Presente aquellos conocidos “demócratas” que bruñen sus -por otra parte bien ganados- galones de la Transición asegurándonos que sin un Rey como Jefe vitalicio del Estado nuestro país sería un desastre. Y mientras tanto, aquellos que somos hijos de la Democracia, que se nos tacha de no entender la coyuntura política y social de hace 30 años, nunca podremos compartir con ellos el mismo privilegio civil y ético de elegir a quien queremos como Jefe del Estado para nuestros próximos 30 años.

Nunca hemos sido iguales ante la ley. Ni lo seremos.

2 pensamientos en “Legado Vitalicio

  1. Error de concepto.

    Primero saludarte ya que hace muuuucho tiempo que no nos vemos…(supongo que sabes quien soy)

    Segundo, explicar mi concepto de “monarquía” y la diferencia fundamental que me distingue de cualquier republicano. No pienso, sinceramente, que detrás de la palabra “monarquía” exista una larga, larguísima lista de sucesores, herederos y demás congéneres ungidos por el mismísimo Dios. La monarquía, como creo que debemos entenderla en la actualidad, no es otra cosa que un producto derivado de la mercadotecnia a gran escala de un país, con el cual se identifica (o no).

    Sinceramente pienso que el jefe del estado es un simple artilugio andante para la representación del país en cuestión y que es utilizado por los dirigentes de tal, a su antojo. Así pues, La fuerza que puede llegar a tener será superior a cualquier persona electa.

  2. Ey Alberto! ¡Claro que sé quien eres!! ¿No lo voy a saber?🙂 ¡Qué tal! ¿Como andamos?
    Respecto a lo que comentas, realmente el papel de la monarquía (española) es ese, el mismo prácticamente que el del presidente de Alemania, la mera representación del país en las más altas esferas institucionales y diplomáticas.
    Mi queja gira más en torno si de verdad necesitamos una monarquía para ese papel, y el extraño oximoron de nuestra monarquía parlamentaria que por un lado defiende el sufragio universal y los cauces democráticos para elegir a nuestros representantes políticos (y el rey, a pesar de ser un florero exento de rendir cuentas financieras, también es un cargo político) y por otro tener a alguien que, a pesar de su responsabilidad política, no puede ser renovado por la voluntad popular. No es tanto de utilizad o inutilidad representativa, sino de algo que conduce directamente a la ética democrática; cuando hablo de estos temas siempre me remito a la cita romana: “la mujer del César no solo debe ser casta, sino parecerlo”. En ese aspecto, la frase sirve lo mismo para el concepto de Democracia. Vamos, que a pesar del 23-F no creo que los borbones tengan derecho a deambular por el mundo dando lecciones de democracia a los demás, o de criticar las imposiciones ideológicas de terroristas y criminales: la prueba es que llevan 3 décadas en el cargo sin que tú o yo les podamos elegir en las urnas… y lo que les queda.

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